En un pequeño pueblo, de pequeñas casas rústicas, rodeado de bosques, amplios prados e incluso un río, se encontraba un minúsculo colegio de tan sólo una clase, veinte niños, una profesora y un director. Se encontraba éste en medio de un prado, a la linde del pueblo, y , para llegar a él, serpenteaba un camino de tierra que partía en dos un vasto manto de verde hierba.
La profesora, de tez blanca y pelo rojo, esperaba atenta cada mañana en la puerta del colegio a que llegaran los niños. Los veía de lejos, ya que nada interfería su visión, y, cuando éstos se encontraban cerca, ella extendía y alzaba los brazos dejando ver su amplia sonrisa. Los niños y niñas, que la querían mucho, al verla, corrían hacia ella y la abrazaban, llenos de alegría por estar en aquel lugar llamado escuela un día más. Hasta los más mayores la abrazaban, eso sí, sin correr éstos. Sentíase ella afortunada por estar con ellos cada mañana. Los niños, por su parte, no imaginaban una clase sin ella, ya que, desde bien pequeñitos, recibían las enseñanzas y el afecto de la profesora. No conocían otra forma de aprender sin la paciencia y el amor que ella les regalaba a diario.
Ella, de nombre Estrella, llevaba ya ejerciendo de profesora y a la vez viviendo en aquel pueblo muchos años. Había visto crecer a los mayores de su clase desde bien pequeñitos. Daba clase a hijos de alumnos que había tenido en el pasado, lo que causaba en ella, en ocasiones, revivir el pasado al verse dando clase a prácticamente la misma cara años después.
Dar clase no era tarea fácil, teniendo en cuenta que en la misma había niños de todas las edades, desde párvulos hasta algún mayor de edad, pasando también por adolescentes. Cierto es que Estrella procuraba que los niños y niñas nunca se aburrieran, de hecho lo pasaban realmente bien. A diario se sentaba con cada niño y personalizaba sus tareas acorde con su edad. Cuando explicaba algo de teoría para toda la clase, inventaba alguna historia o cuento en el que, disfrazado, aparecía el teorema matemático pasando desapercibido para el más pequeño y, más tarde, se sentaba junto a los mayores para explicárselo más en detalle o descubrirlo para aquellos que no lo habían sabido ver. Estrella era perfecta como profesora; siempre procuraba fomentar la creatividad en sus clases y es por esto que dejaba cada mañana, antes de empezar las clases, el material necesario para hacer manualidades encima de cada pupitre. Estrella había entendido muchos años atrás que cuando un niño se divierte y desarrolla su imaginación, también aprende y memoriza más rápidamente, por ello mezclaba manualidades y creatividad con teoría y ejercicios complejos todos los días de clase. Cada día, hasta los alumnos más mayores, hacían sus dibujos técnicos o artísticos, escribían relatos, modelaban en barro, hacían figuritas de papel o incluso inventaban artilugios mecánicos con cosas recicladas, durante aproximadamente la mitad de las horas lectivas. Estrella exponía las creaciones de sus alumnos en una sala del colegio con una gran cristalera que daba a la calle, de manera que la gente pudiera verlas, incluso en horas en las que el colegio permanecía cerrado.
Cada día, encima del pupitre de cada niño, dejaba Estrella una goma de borrar, un lápiz, una maquineta para sacar punta al lápiz, un bolígrafo, una regla y un cartabón. Y aquí está lo excepcional de ésta pequeña clase de éste pequeño pueblo, pues cada uno de éstos objetos tenía vida propia. Así pues ellos eran la señora Goma, el señorito Lápiz, la señorita Maquineta, el señor Bolígrafo , la señorita Regla y míster Cartabón, pues así le gustaba que le llamaran. Los niños y niñas sabían ésto, aunque , la mayor parte del tiempo, los "objetos" permanecían quietos. Además para escucharlos hablar, los niños tenían que acercárselos mucho a la oreja, ya que sus voces eran muy débiles, a razón de su tamaño.
Estrella era la artífice de todo ésto, pues rociando cualquier objeto inerte de un preparado de flores y polvo de estrellas, conseguía darle vida. Aprendió en su infancia, dónde y cómo encontrar ambos ingredientes y cómo prepararlos, escuchando atentamente los susurros apenas audibles que inconscientemente su abuela recitaba, noche tras noche, mientras dormía. Ahora, en la escuela, cuando Estrella compraba material escolar nuevo, lo rociaba con el preparado creando vida según le convenía.
A menudo señora Goma brinqueteaba por encima del pupitre (solía hacerlo cuando quería hablar), entonces el niño la cogía y se la acercaba a la oreja para poder oírla. A señorito Lápiz siempre le gustaba estar limpio e inmaculado, le obsesionaba su imagen. Solía deslizarse para desprenderse de los restos de Goma que quedaban en su cuerpo, a rayas negras y amarillas. En cierto modo odiaba a Goma por ésto, y porque siempre estaba muy encima suyo, pisando su trazo, mandando al olvido su trabajo, que él consideraba perfecto.
Lápiz amaba profundamente a Maquineta. Le encantaba su manera de ser, la curvatura estrecha de su silueta, su cuerpo entero. Pero el momento en el que Lápiz se sentía mejor era cuando introducía su cabeza, su punta, en ella y giraba y giraba. Constituía una renovación en él, se sentía nuevo, rejuvenecía.
Por otro lado míster Cartabón no ocultaba el amor que sentía por señora Regla. A todos les decía, alabándola, que ella era muy afable, transparente, sincera, que no fingía ni falseaba. En realidad le gustaba por afinidad, eran muy parecidos.
Señora Goma, por su parte, adoraba a Bolígrafo. Lo consideraba fuerte, robusto, un macho. Ella entendía que, por ésto, si algún día estuvieran juntos, se acabarían sus problemas, ya que Bolígrafo podía con todo, él era imborrable, como la huella que había dejado en su corazón.
Con éste panorama sentimental y el buen humor que objetos y niños tenían, es fácil imaginar lo bien que lo pasaban todos en horas de clase. Cómo aquél día que Bolígrafo y Regla discutieron porque el primero decía que podía hacer perfectamente el trabajo de ella y, al intentar demostrarlo, éste se movió y trazó una línea muy muy torcida. Todos los niños, que habían seguido con atención el enfrentamiento previo, echaron a reír a carcajadas y Boli, indignado, echó la culpa de todo a Lápiz, quién ciertamente dibujó la línea todo lo bien que pudo. Se enzarzaron en una pelea y Señora Goma, intentando separar, quedó manchada de tinta de Boli. La marca, de un azul intenso, tardó en irse de la piel de Goma dos meses enteros, en los cuales, Goma apenas se dejó ver. Sentía vergüenza cuando los demás se fijaban en la marca azulada que tenía en plena cara, odiando tener que dar explicaciones. Fue una anécdota de muchas.
Los meses pasaban. Los niños, los objetos y Estrella, gozaban de sus vidas, aprendiendo, todos de todos. Todo era perfecto, todo marchaba bien, todo estaba en orden.
Hasta que, un día, sin esperarlo, la administración central decidió hacer un cambio y designar un nuevo director. Aquél señor, de edad avanzada, pelo y bigote cano, mucho peso y cara constante de cabreo, llegó con la idea de cambiar todo a su antojo, sin consultar. Parecía peleado con el mundo y apenas hablaba si no era para dar alguna orden. Bernardo, así se llamaba, provenía de una escuela de ciudad dónde, al parecer, las cosas eran muy distintas. Desde un principio se mostró frío, calculador, cerrado, incluso obsesivo, y en su primera semana como director decidió que, en las clases, se había acabado el hacer manualidades. Consideraba, pues así se lo dijo a Estrella, que los niños perdían el tiempo. Sustituyó estas horas lectivas por más clases de Matemáticas y Física, profundizando mucho en cada tema, ya que consideraba que así se formaba y se preparaba mejor al niño para el trabajo, algo que para Bernardo, era la razón de existir de toda persona.
Estrella desde un principio mostró su desacuerdo pero resultó inútil. Incluso llegó a rozar el despido cuando se opuso a guardar en un cajón de clase todas las escuadras, reglas y cartabones pues según el director, no se usarían en mucho tiempo. Finalmente tuvo que hacerlo.
Pasaron los días y los niños, poco a poco, dejaron de reírse, de divertirse, si bien es cierto que se tornaron más inteligentes. Estrella veía cómo lentamente los niños perdían dulzura, afecto, en una palabra: vida. Y lo que es peor, veía cómo no podía hacer nada, impotente. Hasta ella misma perdió, al igual que los niños, ilusión, positividad y optimismo.
Mientras tanto, en el interior del cajón, las escuadras, reglas y cartabones escuchaban lo que sucedía. O más bien no escuchaban, porque dejaron de oír las antes habituales risas, chistes o cánticos, símbolos de felicidad y alegría. Pusiéronse de acuerdo para pasar a la acción y todas ellas, dentro del cajón, al unísono, empezaron a agitarse, a temblar. Vibraba todo el cajón, la mesa y hasta el suelo de la clase. Estrella miraba atónita. El director, en su despacho, observó cómo temblaba también su mesa, el ordenador. Se levantó y se dirigió corriendo al lugar de dónde parecía provenir el seísmo: la clase de Estrella. Entonces, el cajón en el que estaban las escuadras, reglas y cartabones cedió, abriéndose de repente. Todas salieron disparadas por los aires. En ése mismo momento el director Bernardo hizo entrada en la clase y tuvo tan mala suerte que una de las escuadras, sin quererlo, se le clavó justo debajo del corazón. Empezó a emanar un poco de sangre del pecho y él, al verlo, al verse, perdió la conciencia. Desmayado, dejó de respirar.
Todos se alarmaron: niños y niñas, Estrella y material animado, corrieron hacía el director e intentaron reanimarlo. Al ver que no lo conseguían lloraron y todos, cogidos de las manos, todos, miraron hacia arriba pidiéndole al cielo que, por favor, Bernardo no muriera, que despertara. El director, inmerso en la inconsciencia, escuchó las súplicas y entendió que todos se preocupaban por él. En ése mismo momento, oyendo sus débiles voces, comprendió, alucinado, que las escuadras, cartabones, reglas, lápices, bolígrafos, así como el resto de material escolar, tenían vida propia.
Nunca sabremos si fue éso, ésa revelación, lo que despertó a Bernardo de su trance, aunque se puede decir que aquello lo cambió, lo humanizó, pues al día siguiente de aquel incidente le dijo a Estrella que volviera a implantar las manualidades, pidiéndole disculpas, y que incluso él participaría en esas clases.
A día de hoy, yo, el humilde narrador de ésta historia, sé que Estrella está bien, en su colegio, rodeada de niños, repartiendo felicidad sin pedir nada a cambio. Busco colegios como aquél y profesoras cómo Estrella, a eso me dedico, y tengo que decir que he de hacerlo muy mal, porque en todos éstos años no he encontrado ninguno, y a nadie cómo ella.