martes, 26 de agosto de 2025

A sueldo




En ese instante tuve miedo. Justo en el momento de apretar el gatillo por primera vez. Fue como si mi antiguo yo fuera a desaparecer por completo. Eso me horrorizaba. Tras ese disparo yo sería otra persona distinta, alguien a quien no le importa la vida humana, alguien que no empatiza con el sentimiento ajeno, alguien rastrero, cruel, sería un asesino en toda regla. Mi yo anterior se despedía, me decía hasta nunca, ha sido un placer, ya no me tendrás mas, ya no me mereces. Mi nuevo yo había nacido y había venido para quedarse, alguien que no sentía, solo hacia el trabajo que le habían encomendado. No dudaba, mataba y después, no se arrepentía. Alguien que solo miraba en una dirección, solo tenía una meta, y esa era conseguir dinero, más y más dinero, y rápido.

Soy Jack y soy asesino a sueldo, he matado ya a diez personas, el número no se puede olvidar, se graba a fuego en tu memoria, persona a persona, diez momentos, diez rostros descompuestos, diez charcos de sangre.

Las circunstancias me han llevado a esto, mi hijo Peter, de 12 años, necesita un trasplante urgente. Se muere. Los médicos nos han dicho que siendo optimistas vivirá un año, que su corazón no aguantará pasado este tiempo, que se apagará sin más. Peter necesita un corazón nuevo en un año y la lista de espera del hospital es demasiado larga. El médico dijo que lo sentía pero que mi hijo seguramente moriría antes de que le llegase el turno en la lista. Que dependía de que hubieran más donantes de lo habitual pero que, en su experiencia, no veía posible conseguir un corazón para Peter antes de un año. En otras palabras nos dijo que nos resignáramos, que Peter moriría y que fuéramos despidiéndonos de él. Cuando Peter nació le juré a mi esposa que nuestra familia estaría por encima de todo y de todos y que haría lo imposible para nuestro bienestar, que cuidaría de Peter y de ella en cuerpo y alma. De eso me estoy encargando ahora, de conseguir que todo vuelva a ser normal, de tener un futuro con ellos. Por eso hago esto, por eso tengo que reunir mucho dinero, para pagar un corazón para mi hijo en el mercado negro y pagar a un doctor que lo opere a sabiendas de dónde ha salido ese corazón. Todo está apalabrado sólo que el dinero no lo tengo, tengo que conseguirlo deprisa, a contrarreloj. Es como si el corazón de Peter tuviera un cronómetro decreciente de un año, cada latido un segundo menos. Tengo que hacer que se detenga, tengo que tener esperanza. Algún día, cuando Peter sea mayor y yo un abuelo, le contaré todo lo que tuve que hacer por él, le contaré que cambié su vida por la de muchos otros, que una fuerza mayor, inconmensurable, me obligaba a ello. Espero me perdone.


Hoy he matado a mi onceava víctima. Susan, una veinteañera adinerada del barrio de Portsmouth.

Al parecer le fue infiel a su novio, mi cliente, con el mejor amigo de éste. Mi cliente salió tan afectado de aquello que ha querido verla muerta, y lo ha conseguido.


Después de una semana...


Llamada telefónica:

- Jack, soy el doctor Manfredi, de cardiología.

- Hola doctor, dígame.

- Quería decirle que por fin teníamos una donante para su hijo Peter.

  Susan Jacobs, de Portsmouth. Todo el papeleo estaba firmado.

Susan tenía una enfermedad terminal, muy grave.

Al parecer anteayer la encontraron muerta en su casa, le dispararon en la cabeza.

El corazón no nos sirve Jack. Lamento las malas noticias.


Nunca hasta ahora lo supe pero creedme, el karma existe.


domingo, 7 de abril de 2013

En este trozo de mar



Aquí estoy ... de nuevo ... sumergido en éste trozo de mar repasando mentalmente mi vida hasta hoy . Como muy bien me dijeron, cuanto mejor me siento más me doy cuenta de que, mi vida, no tiene nada que ver con quién soy. De hecho nunca me conocí hasta ahora. Vivímos en una sociedad referencial, pensando continuamente "quiero ser como él" o "quiero tener aquello porque lo tiene aquél". Lo pensamos sí, quizás no nos demos cuenta y sea algo intrínseco en nosotros, quizás lo haga nuestro subconsciente, pero lo que está claro es que lo pensamos, y mucho. Nunca, hasta las inmersiones, me había preguntado quién soy, y eso que tengo 64 años, 4 hijos, casa con piscina, servicio doméstico y 20 sociedades en 6 países distintos.

Ya voy por la quinta inmersión, aquí, en éste lugar, con sólo arena blanca alrededor, agua y, arriba, esa claridad cegadora que es el cielo, sin descontar la bombona de oxígeno, claro está. Llego al fondo, me siento en la arena con piernas abiertas, plantas de los pies juntas, las manos en el regazo. Cierro los ojos y respiro, agudizando el oído, escucho los "glup, glup" y, poco a poco, la profundidad de mi alma. Soluciono asuntos en mi cabeza, y en mi cuerpo, desde ésta perspectiva. Sí, eso es!. Desde fuera. Porque cuando estoy aquí un rato es como si yo mismo estuviera fuera de mi cuerpo, observándolo. Quizás el alma exista, quizás los viajes astrales existan, quizás nosotros, los humanos, no lo sepamos todo de nosotros mismos. Mi mente divaga aquí abajo, se aísla, huye, buscando protección, buscando ser ella misma, sin estímulos.

Que porqué hago ésto, bien, os lo contaré. Tuve todo lo que quise tener: dinero, alguien a mi lado que me quería de verdad, hijos, lujos de todo tipo, el aprecio y la admiración de todos, salud, reconocimiento, la tranquilidad de que todo estaba en su sítio, encauzado. Sí, era aquello que otros llaman "alguien afortunado", pués bien, yo me sentía un desgraciado, con todas las letras. Sin ilusiones, sin metas, sentía que había copado, que había llegado al final, que había tocado techo, que lo tenía todo. Me encontraba ahí, en la cúspide, vencedor ... y a la vez, vacío.
 
El caso es que cuando el avisador que tengo en mi oreja pita indicando que se me acaba el oxígeno, luchando contra mi voluntad (porque me quedaría), salgo a la superfície con la clarividencia suficiente para entender porqué hice algunas cosas en el pasado y lo que significaron, porqué me alejaba de mí mismo conforme crecía, haciéndome más rico y más infeliz mientras pasaban los años. Me iba "robotizando", cómo un autómata hacía aquello que todos hacían y conseguía aquello que todos ansíaban, lamentablemente sólo por ése hecho. No reniego de la riqueza, ni del bienestar consecuente, solo que tánta no necesitaba!!. A día de hoy entiendo que el "poder" por llamarlo de alguna estúpida manera, es como tantas otras cosas en la vida: necesario, y perjudicial en exceso. Quizás, si hace muchos años, estando en ésa delgada línea que separa el bienestar de la decadencia, hubiera regalado cosas a los demás sólo por hacerles las cosas más fáciles, yo, ahora, sería feliz, y no el viejo cascarrabias que Márylin, mi ex-mujer, dice que soy. Quizás mis hijos me hablaran, quizás mis empleados me sonrieran en vez de erguir sus barbillas cuando me ven, quizás hoy le importara a alguien, no por mi herencia, ascensos o cobros de seguros, sinó por quién soy realmente. Ahora, a mis 64 años, tras cinco inmersiones empiezo a saberlo, empiezo a recordad a aquél niño ilusionado que fuí, que poco a poco vuelvo a ser, gracias a Dios.

A Dios y a mi mejor amigo, Michael, quién, a pesar de mis desprecios, mis delirios de grandeza o mi creencia de ser superior, siempre ha estado ahí. Y lo estuvo cuando yo, con la muñeca sangrando, cuchilla en mano, entre sollozos, lo llamé a él, y él me invitó a conocerme. Los billetes de quinientos euros de mi caja fuerte no hubieran cortado la hemorragia, Michael, con sus palabras, lo hizo recordándome quién fuí, y por éso, hoy sí me siento afortunado. Por eso intento reencontrarme. Por eso bajo a ésta paz llamada océano. Un lugar que olvidamos hace tiempo , vertiendo nuestros desechos, erradicando especies, sacándole hasta la última gota de vida, valga la redundancia. Quizás por éso aquí hay paz, porque no estamos nosotros. Quizás por eso aquí, sin ruidos, sin interrupciones de ningun tipo, puedo ir más allá en mis pensamientos y averiguar quién soy.

Continuaré con las inmersiones porque, cuando salgo de éste lugar, todo es más claro; veo cosas que antes mi mente descartaba ver, obzecada: las sonrisas, el cariño, la vida, la grandeza del sol, el amor de diversas formas ... y lo siento mio, aunque sea ajeno. Michael, mi gran amigo, me dió la oportunidad de ser álguien, de ser mejor persona, a él se lo debo ... y a éste trozito de mar.


viernes, 3 de agosto de 2012

Cuento para niños...y no tan niños.



En un pequeño pueblo, de pequeñas casas rústicas, rodeado de bosques, amplios prados e incluso un río, se encontraba un minúsculo colegio de tan sólo una clase, veinte niños, una profesora y un director. Se encontraba éste en medio de un prado, a la linde del pueblo, y , para llegar a él, serpenteaba un camino de tierra que partía en dos un vasto manto de verde hierba.

La profesora, de tez blanca y pelo rojo, esperaba atenta cada mañana en la puerta del colegio a que llegaran los niños. Los veía de lejos, ya que nada interfería su visión, y, cuando éstos se encontraban cerca, ella extendía y alzaba los brazos dejando ver su amplia sonrisa. Los niños y niñas, que la querían mucho, al verla, corrían hacia ella y la abrazaban, llenos de alegría por estar en aquel lugar llamado escuela un día más. Hasta los más mayores la abrazaban, eso sí, sin correr éstos. Sentíase ella afortunada por estar con ellos cada mañana. Los niños, por su parte, no imaginaban una clase sin ella, ya que, desde bien pequeñitos, recibían las enseñanzas y el afecto de la profesora. No conocían otra forma de aprender sin la paciencia y el amor que ella les regalaba a diario.

Ella, de nombre Estrella, llevaba ya ejerciendo de profesora y a la vez viviendo en aquel pueblo muchos años. Había visto crecer a los mayores de su clase desde bien pequeñitos. Daba clase a hijos de alumnos que había tenido en el pasado, lo que causaba en ella, en ocasiones, revivir el pasado al verse dando clase a prácticamente la misma cara años después.

Dar clase no era tarea fácil, teniendo en cuenta que en la misma había niños de todas las edades, desde párvulos hasta algún mayor de edad, pasando también por adolescentes. Cierto es que Estrella procuraba que los niños y niñas nunca se aburrieran, de hecho lo pasaban realmente bien. A diario se sentaba con cada niño y personalizaba sus tareas acorde con su edad. Cuando explicaba algo de teoría para toda la clase, inventaba alguna historia o cuento en el que, disfrazado, aparecía el teorema matemático pasando desapercibido para el más pequeño y, más tarde, se sentaba junto a los mayores para explicárselo más en detalle o descubrirlo para aquellos que no lo habían sabido ver. Estrella era perfecta como profesora; siempre procuraba fomentar la creatividad en sus clases y es por esto que dejaba cada mañana, antes de empezar las clases, el material necesario para hacer manualidades encima de cada pupitre. Estrella había entendido muchos años atrás que cuando un niño se divierte y desarrolla su imaginación, también aprende y memoriza más rápidamente, por ello mezclaba manualidades y creatividad con teoría y ejercicios complejos todos los días de clase. Cada día, hasta los alumnos más mayores, hacían sus dibujos técnicos o artísticos, escribían relatos, modelaban en barro, hacían figuritas de papel o incluso inventaban artilugios mecánicos con cosas recicladas, durante aproximadamente la mitad de las horas lectivas. Estrella exponía las creaciones de sus alumnos en una sala del colegio con una gran cristalera que daba a la calle, de manera que la gente pudiera verlas, incluso en horas en las que el colegio permanecía cerrado.

Cada día, encima del pupitre de cada niño, dejaba Estrella una goma de borrar, un lápiz, una maquineta para sacar punta al lápiz, un bolígrafo, una regla y un cartabón. Y aquí está lo excepcional de ésta pequeña clase de éste pequeño pueblo, pues cada uno de éstos objetos tenía vida propia. Así pues ellos eran la señora Goma, el señorito Lápiz, la señorita Maquineta, el señor Bolígrafo , la señorita Regla y míster Cartabón, pues así le gustaba que le llamaran. Los niños y niñas sabían ésto, aunque , la mayor parte del tiempo, los "objetos" permanecían quietos. Además para escucharlos hablar, los niños tenían que acercárselos mucho a la oreja, ya que sus voces eran muy débiles, a razón de su tamaño.

Estrella era la artífice de todo ésto, pues rociando cualquier objeto inerte de un preparado de flores y polvo de estrellas, conseguía darle vida. Aprendió en su infancia, dónde y cómo encontrar ambos ingredientes y cómo prepararlos, escuchando atentamente los susurros apenas audibles que inconscientemente su abuela recitaba, noche tras noche, mientras dormía. Ahora, en la escuela, cuando Estrella compraba material escolar nuevo, lo rociaba con el preparado creando vida según le convenía.

A menudo señora Goma brinqueteaba por encima del pupitre (solía hacerlo cuando quería hablar), entonces el niño la cogía y se la acercaba a la oreja para poder oírla. A señorito Lápiz siempre le gustaba estar limpio e inmaculado, le obsesionaba su imagen. Solía deslizarse para desprenderse de los restos de Goma que quedaban en su cuerpo, a rayas negras y amarillas. En cierto modo odiaba a Goma por ésto, y porque siempre estaba muy encima suyo, pisando su trazo, mandando al olvido su trabajo, que él consideraba perfecto.

Lápiz amaba profundamente a Maquineta. Le encantaba su manera de ser, la curvatura estrecha de su silueta, su cuerpo entero. Pero el momento en el que Lápiz se sentía mejor era cuando introducía su cabeza, su punta, en ella y giraba y giraba. Constituía una renovación en él, se sentía nuevo, rejuvenecía.

Por otro lado míster Cartabón no ocultaba el amor que sentía por señora Regla. A todos les decía, alabándola, que ella era muy afable, transparente, sincera, que no fingía ni falseaba. En realidad le gustaba por afinidad, eran muy parecidos.

Señora Goma, por su parte, adoraba a Bolígrafo. Lo consideraba fuerte, robusto, un macho. Ella entendía que, por ésto, si algún día estuvieran juntos, se acabarían sus problemas,  ya que Bolígrafo podía con todo, él era imborrable, como la huella que había dejado en su corazón.

Con éste panorama sentimental y el buen humor que objetos y niños tenían, es fácil imaginar lo bien que lo pasaban todos en horas de clase. Cómo aquél día que Bolígrafo y Regla discutieron porque el primero decía que podía hacer perfectamente el trabajo de ella y, al intentar demostrarlo, éste se movió y trazó una línea muy muy torcida. Todos los niños, que habían seguido con atención el enfrentamiento previo, echaron a reír a carcajadas y Boli, indignado, echó la culpa de todo a Lápiz, quién ciertamente dibujó la línea todo lo bien que pudo. Se enzarzaron en una pelea y Señora Goma, intentando separar, quedó manchada de tinta de Boli. La marca, de un azul intenso, tardó en irse de la piel de Goma dos meses enteros, en los cuales, Goma apenas se dejó ver. Sentía vergüenza cuando los demás se fijaban en la marca azulada que tenía en plena cara, odiando tener que dar explicaciones. Fue una anécdota de muchas.

Los meses pasaban. Los niños, los objetos y Estrella, gozaban de sus vidas, aprendiendo, todos de todos. Todo era perfecto, todo marchaba bien, todo estaba en orden.

Hasta que, un día, sin esperarlo, la administración central decidió hacer un cambio y designar un nuevo director. Aquél señor, de edad avanzada, pelo y bigote cano, mucho peso y cara constante de cabreo, llegó con la idea de cambiar todo a su antojo, sin consultar. Parecía peleado con el mundo y apenas hablaba si no era para dar alguna orden. Bernardo, así se llamaba, provenía de una escuela de ciudad dónde, al parecer, las cosas eran muy distintas. Desde un principio se mostró frío, calculador, cerrado, incluso obsesivo, y en su primera semana como director decidió que, en las clases, se había acabado el hacer manualidades. Consideraba, pues así se lo dijo a Estrella, que los niños perdían el tiempo. Sustituyó estas horas lectivas por más clases de Matemáticas y Física, profundizando mucho en cada tema, ya que consideraba que así se formaba y se preparaba mejor al niño para el trabajo, algo que para Bernardo, era la razón de existir de toda persona.

Estrella desde un principio mostró su desacuerdo pero resultó inútil. Incluso llegó a rozar el despido cuando se opuso a guardar en un cajón de clase todas las escuadras, reglas y cartabones pues según el director, no se usarían en mucho tiempo. Finalmente tuvo que hacerlo.

Pasaron los días y los niños, poco a poco, dejaron de reírse, de divertirse, si bien es cierto que se tornaron más inteligentes. Estrella veía cómo lentamente los niños perdían dulzura, afecto, en una palabra: vida. Y lo que es peor, veía cómo no podía hacer nada, impotente. Hasta ella misma perdió, al igual que los niños, ilusión, positividad y optimismo.

Mientras tanto, en el interior del cajón, las escuadras, reglas y cartabones escuchaban lo que sucedía. O más bien no escuchaban, porque dejaron de oír las antes habituales risas, chistes o cánticos, símbolos de felicidad y alegría. Pusiéronse de acuerdo para pasar a la acción y todas ellas, dentro del cajón, al unísono, empezaron a agitarse, a temblar. Vibraba todo el cajón, la mesa y hasta el suelo de la clase. Estrella miraba atónita. El director, en su despacho, observó cómo temblaba también su mesa, el ordenador. Se levantó y se dirigió corriendo al lugar de dónde parecía provenir el seísmo: la clase de Estrella. Entonces, el cajón en el que estaban las escuadras, reglas y cartabones cedió, abriéndose de repente. Todas salieron disparadas por los aires. En ése mismo momento el director Bernardo hizo entrada en la clase y tuvo tan mala suerte que una de las escuadras, sin quererlo, se le clavó justo debajo del corazón. Empezó a emanar un poco de sangre del pecho y él, al verlo, al verse, perdió la conciencia. Desmayado, dejó de respirar.

Todos se alarmaron: niños y niñas, Estrella y material animado, corrieron hacía el director e intentaron reanimarlo. Al ver que no lo conseguían lloraron y todos, cogidos de las manos, todos, miraron hacia arriba pidiéndole al cielo que, por favor, Bernardo no muriera, que despertara. El director, inmerso en la inconsciencia, escuchó las súplicas y entendió que todos se preocupaban por él. En ése mismo momento, oyendo sus débiles voces, comprendió, alucinado, que las escuadras, cartabones, reglas, lápices, bolígrafos, así como el resto de material escolar, tenían vida propia.

Nunca sabremos si fue éso, ésa revelación, lo que despertó a Bernardo de su trance, aunque se puede decir que aquello lo cambió, lo humanizó, pues al día siguiente de aquel incidente le dijo a Estrella que volviera a implantar las manualidades, pidiéndole disculpas, y que incluso él participaría en esas clases.

A día de hoy, yo, el humilde narrador de ésta historia, sé que Estrella está bien, en su colegio, rodeada de niños, repartiendo felicidad sin pedir nada a cambio. Busco colegios como aquél y profesoras cómo Estrella, a eso me dedico, y tengo que decir que he de hacerlo muy mal, porque en todos éstos años no he encontrado ninguno, y a nadie cómo ella.

sábado, 23 de abril de 2011

Conexión


Él espera, paciente, en casa de unos amigos a que lleguen los demás para dejar de sentirse algo incómodo. Siempre es el primero en llegar, puntual. Ella llega la última, después del resto, acompañada de su marido. Sonríen, a ella la besa primero, a su marido le estrecha la mano después. Él bromea, todos ríen. Cena, bebida, risas, regalos, humo, más risas, juegos de mesa, más juegos, cansancio, sofá y película. Ella sentada cerca de él, junto a su marido, que, demasiado bebido, ronca ya levemente. Él se recosta en el sofá, buscando comodidad. Ella, fingiendo lo mismo, le dice: - Puedo?. Él asiente y ella coloca su cabeza en el pecho de él, a modo de almohada, los dos boca arriba, ligeramente inclinados. Él fija la mirada en su nuca de bello rubio, se droga con su olor a perfume infantil. Placebo. Le aparta un mechón de pelo colocándoselo detrás, encima de su oreja, para apartárselo de los ojos y dejarle ver la película que no suena, que han dejado de escuchar. Ansían parar el tiempo y poder revivir ese instante a elección, en un futuro. Él le susurra al oído: - Sabes que, eres muy guapa. Ella duda y al poco dice: - Que va!! Creo que no lo soy. Él, predictivo (cree que esto ocurrirá), le dice: - Sabes lo malo de eso?. Y añade sin esperar respuesta: - Que algún día creas realmente que lo eres, que eres preciosa, al cien por cien quiero decir, te restará humanidad y perderás tu verdadera belleza. Él no ve la lágrima que asoma en el ojo de ella, se siente presa. Ella se hace la dormida y, del silencio (la película ha perdido ya todo su interés), él se queda dormido. Ella no duerme en toda la noche. No ha parado de pensar, de sentirse infeliz, de llorar en silencio.
En la mañana despiertan todos y ellos fingen normalidad ocultando sus sentimientos a los ojos del resto. Todos se marchan a sus casas, ellos dejan en aquella su pensamiento.
A ella ese pensamiento, convertido ya en recuerdo, le lleva a la reflexión y decide salir de su cárcel. Siempre se ha sentido inferior, infravalorada por aquél marido egoísta al que ahora dice adiós.
El recuerdo de aquella noche hace que ellos, pasados unos meses, vuelvan a verse, ahora sí, sin compañía. Toman algo, hablan y se ríen ambos de sus propios errores del pasado, sentados en un chiringuito de la playa. Cansados ya de estar sentados deciden caminar. Huyendo de miradas ajenas se sientan frente al mar, en la arena. Se dejan llevar por el solitario sonido de las olas y por la brisa marina, formando parte de ésta. Se emborrachan de tranquilidad. El tiempo pasa, se hace tarde. La tarde deja paso a la noche. Ella, llevada por la antigua costumbre, comenta que no se gusta a sí misma. Él le dice: - No digas eso Emma, a mí me gusta hasta tu nombre. Ella pregunta el porqué. Él dice: - No sé... (piensa, recuerda el motivo, lo tiene en su interior) por las dos emes -contesta-. Ella le dice: - No lo entiendo. Él se explica: - Sí, juntas los labios al pronunciar tu nombre, eso me gusta, me hace pensar. Ella sonríe y calla. Piensa un minuto mirando el mar, el horizonte. Se excita. Los dos miran a la vez, por un segundo, los labios del otro.

sábado, 9 de octubre de 2010

Negro negocio


Mi nombre es Michael. Estoy vivo desde hace 1 año y moriré dentro de, exactamente, 4. Os preguntareis cómo puedo expresarme y escribir así si sólo tengo un año y también cómo puedo saber el dia en que moriré, no? Os lo explicaré.
En realidad tengo 37 años de los cuales 36 han sido aburridos, sosos, decadentes, solitarios, faltos de muchas cosas, sin alicientes; en parte por mi mentalidad de perdedor, porqué no decirlo, en parte por mi físico (peso 110 kilos). A las mujeres decididamente no les gustan los tipos como yo. No tengo ni he tenido nunca família. Mis padres murieron al año de nacer yo en un accidente de tráfico. No tengo hermanos, ni evidentemente, sobrinos, ni abuelos. Por no tener no tengo ni perro. En esos 36 años de mi vida he tenido algunos amigos, eso sí, pero se han ido casando, teniendo hijos y, por consiguiente, olvidándose de mí. En esos 36 años he tenido una sola novia y me duró un escaso y poco fructífero mes. Fuí virgen 36 años de mi vida, por Dios!. Durante 36 años me pregunté cuándo cambiaría mi suerte y si sería feliz algún dia. Al ver que esto no llegaba, harto de todo, harto del mundo, de la gente, y al borde del suicidio, decidí vender mi muerte.
Puse varios anuncios en aquellas publicaciones escritas que me lo permitieron y en internet. La verdad es que resultaba impactante; el anuncio rezaba: "Ofrezco mi cuerpo a toda clase de torturas y finalmente a mi muerte bajo contrato. Págame ahora y haz conmigo lo que quieras dentro de 5 años, lo que se te ocurra. Pido seriedad. Precio: dos millones de dólares".
Imagináoslo: 5 años de vacaciones, con más dinero del que se puede gastar, viajes, todo tipo de lujos, acción y mujeres. 5 años viviendo a tope, sin ataduras, sin límites, sin nada que perder. Todo esto a cambio de muchos más años que, más que probablemente, hubieran sido tán o más tristes que esos 36, carentes de todo.
La justícia quiso arrestarme y prohibirme hacer ésto, pero mi abogado argumentó que cada cual es dueño de su cuerpo y que no hay ninguna ley que prohíba hacer con él lo que se quiera, en cuanto a mi verdugo, mientras haya acuerdo mútuo no pueden hacerle nada.
Ahora hace justo 1 año que cobré los dos millones de dólares y firmamos el contrato bajo notario. Sé lo que estais pensando, no me puedo escapar ya que llevo un localizador GPS en el interior de mi cuerpo y, por el lugar dónde está, si accediera a él moriría en el acto. Evidentemente mi verdugo, un cincuentón estadounidense forrado, puede morir en estos 4 años. En ese caso salvaría mi vida pero debería devolverle legalmente los dos millones de dólares a su heredero, que es su hijo y socio. El dinero, lógicamente, me lo habría gastado, así que cualquiera de sus matones vendría a por mí para zanjar la deuda con mi vida.
Como os he dicho anteriormente estoy "vivo" desde hace 1 año. Ahora entiendo lo estupenda que puede ser la vida. Ha sido un año increíble. Para nada me arrepiento de lo que hize.
En este tiempo me he comprado un Ferrari, he visitado cuatro de las siete maravillas del mundo, he saboreado manjares exquisitos en los mejores restaurantes del mundo, he conocido a personas realmente interesantes y hasta he estado en la cama con una de las mujeres más deseadas del mundo (sólo os diré que es actriz). Ahora os escribo desde la terraza de un lujoso hotel de Santo Domingo, frente al mar, tomando mojito en compañia de Michele, mi amante, una Dominicana espectacular de veintidós añitos. Esta tarde tengo torneo de golf.
No tengo miedo a la muerte, quiero disfrutar al máximo estos 4 años, sólo pienso en ellos. En realidad tengo miedo a volver a mi anterior vida, solitaria y desgraciada. Por suerte eso no puede ocurrir, no hay nada más allá.

lunes, 24 de mayo de 2010

La tercera vida




Recuerdo el accidente: un camión abalanzándose sobre mí a mucha velocidad, impacto, estruendo y dolor físico, mucho dolor. De repente todo se nubló, la visión se tiñó de blanco, como si me encontrase en una nube. Entonces el dolor cesó y comprendí, casi al instante, qué había pasado: estaba muerto. Personas vivas se agolpaban alrededor del lugar del impacto, alrededor de mi cuerpo que ahora veía desde otra ángulo, desde fuera de él. Intenté hablarles pero no me escuchaban, fué horrible, quise salir de allí, quise que fuera un sueño, quise despertar de él.
En cuanto pude te busqué, escuché tu voz, tu llanto, estabas llorando por mi pérdida en nuestra casa, tiraste el teléfono al suelo, pude sentirlo. Y aquí estoy ahora, a tu lado, como siempre, intentando comunicarme contigo, pero es inútil, imposible, no puedo, soy incapaz.
Ahora sé que existe una tercera vida, pero es tan diferente!. La primera la pasas en el vientre de tu madre, a la espera, dormido; luego naces y empieza tu segunda vida, en la tierra; y luego, es decir, y ahora, muero y me convierto en esto. Soy un gas? Una sombra? Un efluvio?. Soy algo intangible, invisible, me muevo en y con el aire, me deslizo, vuelo, fluyo. Soy un alma viva que vagabundea, errática, perdida. Siento ecos y voces a montones, de toda la ciudad, de muchas personas vivas, y percibo su presencia, sé dónde se encuentran. Me siento omnipresente, como un Dios. Soy libre, no tengo hambre, ni sed, ni frio. Pero mi limitación me mortifica. Soy mente sin cuerpo, sin capacidad física, no puedo levantar el mas mínimo peso, ni hacer volar la más mínima pluma, pero llevo el peso de mi pena muy hondo, en alguna parte de mi ser.
Cuántas cosas no te dije!. Cuántas cosas no hice!. Cuántos besos no te di!. Y ahora estoy a tu lado siempre. Te veo, te siento, te escucho, pero soy incapaz de que te des cuenta de que aquí estoy, de que todavía existo. Ésa es mi pena.
No sé cuanto tiempo aguantaré a tu lado, es doloroso. Y hasta cuando soportarás tu soledad por mi recuerdo?. Cuando estés preparada para estar con otra persona no podré verte, será demasiado ver como alguien te posee. Cuando ése dia llegue marcharé lejos, a cualquier otra parte.
Si pudiera escribirte te contaría esto mismo, qué soy ahora y que es lo que quiero, si pudiera hablarte te diría que te quiero y que cuides mucho de nuestro hijo, y si pudiera tocarte te amaría, te abrazaría, te besaría....pero no puedo. Quizás con el tiempo le encuentre sentido a lo que soy, si no lo hago, espero que exista una cuarta vida.

martes, 20 de abril de 2010

Huésped del Reich (escrito por Montse Latorre)




Otoño de 1940


Hoy tarde desembarcamos en Polonia. Pese a todo, parecía un país tranquilo, de tan tranquilo que pecaba de abandono, de derrota. Aquella guerra lo había convertido en un país oscuro, solo y aburrido. Sus calles eran barridas por el polvo y los árboles tímidos dejaban ir sus hojas amarillas, siendo ellas las únicas habitantes de aquellos parajes tristes.
Vimos algunas casas de camino a Auschwitz; daban la idea de haber sido humildes viviendas, espectadoras de la caída de un pueblo, de un mundo entero. Cubiertas por un humo gris, sus paredes parecían tristes muros perniciosos.
Pude ver poco más desde el camión en el que viajábamos unos treinta hombres, contagiados por lo fúnebre de aquel paisaje. Me pareció ver una sombra al pie de una ventana de las últimas casas que pasamos. Parecía alguien muy jóven, que al vernos se asustó, huyendo de la luz.
Pero nosotros no éramos malos, éramos víctimas premiadas a vivir aislados entre los muros de un campo de concentración. Donde cosechar nuestra muerte poco a poco y donde nos observarían como a cuerpos humanos que van perdiendo sus facultades hasta quedar heridos por un simple soplo de aire. Algunos de nosotros preferíamos morir de un tiro en alguna de aquellas calles, o en el mismo camión en el que viajábamos. Pero al buscar, encontramos un poco de esperanza, y nos mirábamos los unos a los otros, aterrorizados por acabar tan locos como ellos; los que guiaban los camiones, los de los galones en los hombros y escopeta en mano. Nazis sin doctrinas, padres, hijos, abuelos de sus hijos, padres o nietos igual de nazis, asesinos, violadores, racistas.
Cuando llegamos al campo, rodeado por bastos muros infranqueables, nos tiraron al suelo desde los camiones y nos arrastraron como a perros hasta lo que parecía un comedor. Allí nos alinearon por grupos según la edad. A los más viejos les ataron unas cadenas a sus pies, y unos con otros avanzaban hacia uno de los dormitorios, guiados por los latigazos en sus temblorosas rodillas. Entre ellos había una mujer. A ella se la llevaron a otra de las habiraciones. Llevaba un viejo vestido de tela de saco; bajita, sucia, sin a penas pechos. Nos miró asustada antes de ser empujada por uno de los soldados hasta la habitación. A ella no le ataron los pies, no les interesaba.
A los más jóvenes, entre los que me encontraba yo, nos ataron de igual manera. Algunos nos escupían a la cara y luego nos azotaban con el látigo en la espalda. Nos condujeron hasta una habitación en la que sólo había una mesa plegable y sobre ésta, una vieja cuchilla de barbero. Nos afeitaron la cabeza hasta verla brillar, mientras, ellos nos miraban y reían con sus chistes alemanes. A algunos la sangre que emanaba de los cortes en la cabeza les cubría parte de la misma. Entre nosotros también estaba una mujer, Emeline se llamaba, pero a ella no le cortaron el pelo. Tenía una bonita melena rubia recogida por un moño despeinado. Uno de los alemanes pidió que no se la cortasen y se acercó a ella, le cogió del moño y le restregó la lengua por toda la cara hasta la boca. Luego se la llevaron. Henry gritó: ¡Emeliiiinnnne!.

Después de aquello, entre unos cuantos nos pegaron para que nos quitásemos la ropa. Lo hicimos. Desnudos, formábamos en fila de a uno, mientras nos llegaba ropa supuestamente limpia. Uno de los nazis se acercó, se quitó la correa de los pantalones y, diciendo algo en alemán golpeó a Henry en la entrepierna una y otra vez, hasta que cayó al suelo abatido por el dolor. Los demás nos vestimos y nos condujeron otra vez al comedor.
Nunca olvidaré aquellas escenas, era degradante ver como nuestro orgullo era pisoteado de aquella manera. Pero no podíamos hacer nada, sólo esperar e intentar sobrevivir en aquella cárcel de animales, hipócritas, sin sentimiento alguno de humanidad.
La comida que nos dieron después era algo parecido a lo que comen los perros. Justo después de comer, nos dieron una pala a unos y un pico a otros, y nos condujeron al patio. Allí pasamos unas diez o doce horas picando gruesa piedra de mármol. Algunos hombres doblaban sus rodillas, achicharrados por el sol, hasta caer al suelo, pero pronto eran levantados a fuerza de latigazos. No nos dieron de cenar más que un trozo de pan duro y una salchicha cruda. Luego, nos mandaron a dormir. Entonces, nos quitaron las cadenas de los pies y nos asignaron a cada uno su cama, con un pequeño cajón donde guardar nuestras cosas. Yo sólo llevaba en mi mochila: un libro ("20000 leguas de viaje submarino"), un bolígrafo y esta libreta. La navaja y los cigarrillos me los quitaron los nazis al subir al camión.
Durante la noche sólo oí llantos. Al fondo de la habitación alguien no dejaba de llorar, lloraba como un niño, lloraba de rabia y de dolor. Lloraba por todos los que no nos atrevíamos a hacerlo, aún teniendo las venas llenas de lágrimas y el miedo de no volver a casa nos agarrotaba el corazón. Todos esos oíamos aquel llanto infantil; descarga de una pena, desahogo de un alma herida por el pánico.
Y todas las noches de otoño nos oíamos llorar en silencio.

Invierno de 1940

Llegó el invierno. Lo notamos porque las ratas corrían entre los cajones a causa del frío, y una neblina gris cubría los cristales empañándolos; mejor, así podíamos imaginar que aquella era nuestra casa en la ciudad.
Nos dieron una manta fina de algodón, pero aún así, por las noches sentíamos helar los pies. De los treinta prisioneros que éramos, solamente dieciocho vivíamos. A Henry lo mataron en octubre por intentar huir a medianoche. Oímos a los perros ladrar y luego un disparo. Oliver murió de un ataque al corazón en la pedrera en la que trabajábamos todos los dias. Raimon se volvió loco y se cortó las venas con un hierro del somier de su cama. A las mujeres se las llevaron al hospital militar, anémicas a causa de la mala alimentación. Otros cuantos morían de calor, y de agotamiento los más viejos. O a tiros a causa de una falta de mal comportamiento o insolencia hacia los soldados nazis. O incluso, por intentar ayudar a un compañero. Nosotros sabíamos cuando alguno había muerto porque las largas chimeneas del crematorio expulsaban un humo negro como la Muerte, cubriendo el cielo de un velo negro. Luto por unos hombres que almenos conocían la libertad después de muertos.
Yo intentaba seguir despierto, me juré que no iba a morir en manos de aquellos asesinos. Aunque hubiese que picar, que pasar hambre, mi orgullo valía más que el de todas aquellas ratas alemanas.
Y aunque escupíamos por dentro sus caras, teníamos que obedecer y confiar en que algún día íbamos a despertar de aquella pesadilla.
Una vez a la semana llegaba al campamento un camión del que bajaban aproximadamente unas diez o doce mujeres. Sólo seis de ellas volverían al camión al dia siguiente. Eran para los soldados. Ellos se ponían muy contentos, y se arreglaban con sus mejores trajes. Los veíamos desde la rejilla del lavabo que daba al exterior. Cuando ellas bajaban del camión (todas mujeres humildes, mujeres de maridos pobres), las ponían en fila en el muro del patio, y uno a uno escogía la que más le gustaba. Muchas veces se peleaban entre ellos. El jefe o "Sir Halfen" como se llamaba, escogía primero y antes de llevársela les tocaba los pechos. A él le gustaban gordas, cuanto más gordas mejor. Al amanecer, las dejaban desnudas frente a nuestras habitaciones, y se reían de nosotros mientras las pobres mujeres lloraban acobardadas por las pistolas en sus gargantas.
Muchas veces, mis compañeros se sentaban en mi cama y yo les leía las historias de Julio Verne, a la luz de aquella vela que hicimos con grasa de cerdo y una mecha. Les leía capítulos enteros y aquel hombre que lloraba dejaba de hacerlo para escucharme. Pasábamos horas allí sentados, entre el tiempo que veíamos las linternas de los nazis al fondo del pasillo cada veinte minutos. Entonces volvíamos a encenderla, con esa cara de picardía de un niño de apenas cinco años. Felices por haber superado otro día. Felices por seguir vivos. Cómplices todos de aquella situación.

Invierno de 1941

Hoy es domingo. Lo sé porque nos pusieron olivas en la comida. Todos los domingos lo hacen. Hace meses que ya no escribo. No lo he hecho porque me quemaron las manos el mes pasado. Robé un hueso de pollo en la cocina y me pillaron. - ¡A los ladrones se les castiga!- dijo el capitán. Y me quemaron las manos con un soplete. Hoy ya estoy mejor, ya no me duele tanto.
Creo que me voy a morir.
Peso a penas treinta kilos y el pelo se me cae. En la pedrera ya soy un estorbo para ellos, porque ni siquiera puedo sujetar el pico. Ayer vi como un nazi me señaló con el dedo, como había hecho con mis amigos antes de matarlos.
Ya no me quedan ganas de luchar. Ya no me quedan ganas de vivir. Lo siento. Y prefiero hacerlo yo, antes de que disfruten ellos.
Soy un cobarde, lo sé. Pero sólo al morir saldré de aquí. Y quiero salir ya.....quiero morir ya.


...y al fondo de la habitación ya no se oyen llantos, porque ya no queda nadie en ella.....

martes, 23 de marzo de 2010

La isla de los mosquitos




El sol se oculta en el horizonte, apagándose lentamente, las aves, cientos de ellas, prosiguen su cántico, la brisa marina, con sabor a sal, golpea mi rostro deformado.
Continúo sentado en la roca, mirando el mar embrabecido, un largo rato, antes de iniciar mi marcha hacia la cueva, dónde prepararé el pescado que he capturado hace un rato. La cueva, mi casa, no se parece en nada a los lugares en los que había vivido antes, pero tiene algunas ventajas como por ejemplo la temperatura. Sin calefacción ni aire acondicionado se está divinamente los 365 días del año. Siempre hay que ver el lado positivo de las cosas, no me queda otra. Al fín y al cabo no se está tan mal aquí a pesar de no tener agua corriente y a pesar de los mosquitos. Podrían llamarle "La isla de los mosquitos" a este lugar, hay cientos de ellos en esta cueva y miles de millones en toda la isla. ¡Y los humanos pensamos que el mundo es nuestro!. Los mosquitos ganan aquí por millones a uno, ya que soy el único humano que hay en la isla.
Va a hacer un año que estoy aquí y dos años del accidente. Caí de una altura de diez metros a un depósito de perboclorato súlfico, algo tan o más corrosivo y dañino que el ácido sulfúrico. La caída ha provocado lesiones y deformidades permanentes en mi cuerpo. Cojeo ya que mis piernas ya no son rectas, llevo un hombro mucho más bajo que el otro y mi cráneo deforme, ya no parece el de un humano. El perboclorato provocó severas quemaduras en todo mi cuerpo incluido el rostro, perdí un ojo. Incluso, debido a los daños que ha sufrido mi piel, me crece pelo donde no debería de crecer. En fín, que soy técnicamente un mostruo.
Mi mujer aguantó el verme unos meses hasta que se fué a vivir con el que era su jefe y ahora debe ser su marido. Nunca he tenido hijos. Ahora sé que nunca voy a tenerlos.
Después de lo de mi esposa cobré un dinero como indmenización por el accidente, dinero que aquí, en la isla, no sirve de nada ya que no hay dónde gastarlo. La isla está desierta, por eso vine.
Pasé un auténtico calvario en la ciudad, después del accidente. Salía a la calle y los niños al verme lloraban asustados buscando protección en su madre o padre. Las mujeres, que antes me miraban al cruzarme con ellas (la verdad es que era muy guapo antes del accidente), ahora giraban la cara huyendo de la imagen de mi rostro. Iba a comprar algo, al supermercado, por ejemplo, y la cajera se miraba las rodillas al darme el cambio para no tener que verme la cara. Los adolescentes, que por tener esa condición carecen de tacto, lanzaban insultos y se reían ostentosamente al verme. Yo por mi parte, al llegar a casa, lloraba y lloraba y sufría por lo que volvería a pasar al dia siguiente en la calle.
Me encerré un tiempo en casa hasta que decidí que no tenía cabida alguien como yo en la sociedad, la gente no estaba preparada para cruzarse con un monstruo y ser la misma persona invariablemente. Busqué en internet información sobre lugares inhabitados del mundo y encontré esta isla, situada cerca de Borneo, en la que el hombre parece no tener ningún interés en habitar y explotar.
Mi vida consiste en cazar, cultivar, bucear (me encanta bucear), dormir, asearme y en fijarme en el horizonte sentado en ésta roca esperando el día en que aparezca una embarcación dispuesta a venir aquí. Será entonces cuando tenga que buscar en otro lugar la tranquilidad y libertad de la que ahora disfruto.
En ocasiones sueño con niños que lloran y madres que miran para otro lado pero afortunadamente eso ya no forma parte de mi realidad.

miércoles, 3 de febrero de 2010

La vida


Dolor, pena, sufrimiento, melancolia, añoranza, impotencia, desgracia, celos, remordimiento, agonía, ansiedad, hambre, frío, sed, depresión, tristeza, abatimiento, cansancio, humillación, apatía, obligación, estrés, nerviosismo, aflicción, tortura, ignorancia, suciedad, peligro, obediencia, soledad, necesidad, adicción, enfermedad, trauma, escasez, miedo, desesperación, incomodidad, dependencia, insatisfacción, pérdida, incomprensión, agotamiento, duda, inseguridad, envidia, preocupaciones...



... y muerte.

Mil nudos que nos atan firmemente, no nos dejan ir.
Intentamos zafarnos pero nunca podemos hacerlo del todo, siempre estamos presos.
Quizás algún dia seamos libres...
Por suerte, la esperanza es lo último que se pierde.

viernes, 8 de enero de 2010

Sueños programados



Consulta del psiquiatra. Madrid 03/07/2037.

PACIENTE: - Permítame decirle una cosa, doctor. Yo no creo que estas píldoras hagan que mi vida sea mejor, más llevadera. Vine porque mi mejor amigo insiste pesadísimo cada día en que venga a verle, o sea, que lo hize para callarle de una vez por todas.

DOCTOR: - Ya verá como ésto hace que se levante cada mañana con muy buen humor, créame. En casi todos los casos el buen humor perdura hasta la próxima toma. Vivirá pensando en lo que le espera por la noche, ansioso. Perfecto para no pensar en sus problemas.
Aquí le dejo la maquina mezcladora-encapsuladora, el software y los manuales, apréndaselos de pé a pá y comienze a diseñar sus sueños. Ya verá como es muy fácil, el programa admite fotografias, vídeos e incluso referencias de internet. Una vez elegidas las imágenes, elige o diseña la trama y clica en "Crear Píldora". La máquina mezcladora-encapsuladora fabricará la píldora en unos minutos y listo!.

PACIENTE: - Me dijo mi mejor amigo que en esta versión se incluye sexo explícito, es cierto doctor?

DOCTOR: - Cierto. El programa tiene unas 50 modelos y famosas de la actualidad en su base de datos. Imagínese diseñar que viaja a Miami y, en una discoteca, Paris Hilton se fija en usted; hacen el amor en los lavabos y, al terminar, son pillados "in fraganti" por un paparazzi. También podrá programar situaciones más románticas claro!. Le garantizo que en cualquier caso usted se despertará con una sonrisa de oreja a oreja.

PACIENTE: - Suena bien. Aún así tengo una incógnita: los sueños no siempre se evocan, a veces no nos acordamos de lo que soñamos.

DOCTOR: Eso es cierto a medias. Verá, la mente descarta aquellos sueños que son intrascendentes emocionalmente. Para que me entienda: si usted programa y luego sueña que se come un pepino, no lo recordará al día siguiente, en cambio el caso de la Hilton sí lo recordará porque la experiéncia le marcó emocionalmente aún en el sueño.

PACIENTE: - Le veo otro problema a estas píldoras pre-diseñadas por ordenador.

DOCTOR: - Dígame cual.

PACIENTE: - Tendré sueños interesantes, espectaculares, me sentiré feliz mientras sueño, pero cuando despierte volveré a ser el mismo desgraciado de siempre: la misma vida, el mismo trabajo y los mismos problemas.

DOCTOR: - Sí, pero un desgraciado al que le fascina una parte de su vida que además puede controlar y modificar a su antojo. Mire, ayer mismo tenía ganas de un sueño tranquilo, relajante, así que diseñé que estaba en la luna, sólo, y diseñé también un mar lunar. Allí me encontraba: el cielo negro, con muchas estrellas, el mar en calma, violeta, no habia viento ni frío que molestase mi tranquilidad. Al cabo de un rato comenzé a tener hambre, en el sueño quiero decir, y mi mente hizo que apareciese allí mi suegra con un bocadillo de calamares en las manos, ofreciéndomelo.
La mente le jugará malas y buenas pasadas e incluso dibujará notas de humor en sus sueños. Llevo todo el día pensando en lo de mi suegra, todavía me río cuando lo recuerdo.
Lo que le quiero decir es que su día será mejor gracias a estos detalles, comprende?.

PACIENTE: - Pues la verdad, suena bien. Y escúcheme doctor: puedo diseñar que le pateo el culo a mi jefe?.

DOCTOR: - En efecto. Puede.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Poemas (escritos por Montse Latorre)

 
 
YO NO SOY YO

Yo no soy yo cuando te miro,
es esa parte de mí que me enloquece,
es otro yo, es mi alma de poeta.
Yo no soy yo cuando te beso,
y te acarician otras manos que no son las mías,
es esa parte de mi cuerpo que te ama.
Es esa alma de animal la que te ama todas las noches.
Amor, en tí me miro porque tú no mueres,
porque estás vivo, porque me quieres.


MAR

Mar, incansable naúfrago sin rumbo
marinero desterrado de tu puerto,
eres la sangre de las venas de este mundo.
Mar, licor helado para tus peces
y alfombra cristalina para tus aves,
eres enemiga del fuego de las calles.
Mar, vómito de luces que en tí se miran,
eres amante de la Tierra, Mar
eres envidia de lo terrenal.


TIERRA

Si por tí fuera, tierra maldita, que te añoro
no poder verte me hartaría,
pero es del viento un triste soplo
contemplar tu lejanía.
No es por tí, Tierra maldita,
que yo bebo en el amar de los amores,
es aquel demonio alado el afrodita
quien borra todos tus sabores.
Es por él que no te admiro,
amarga azúcar en mis sentidos,
pues ni te oigo ni te miro
por no poder amarte, unidos.


EL FRUTO

Es como el que
anudado pretende volar
o sepultado quiere morir.
Mi existencia es como el que
ver la vida le hace llorar
y después le hace reír.
Ni río ni lloro
sólo me asombro
al contemplar la verguenza
que es ser miembro de la humanidad.
Es como el que busca entre
los árboles el fruto
que un día se nos negó
y en un pecado se convirtió.
¡Ojalá otro monarca
nos devuelva la estupidez moral!


SOL

Deseo contemplar el sol,
que me ilumina, que me ahoga.
Algo lo enturbia,
lo oscurce.
Eclipse matutino que me despierta,
entrada la tarde,
suave lluvia alentadora.
Me insinuas lejana tormenta;
lo haces o lo imagino,
lo pienso, que y es mucho.
lo disfruto,
lo provoco.
¿Lo hago ? o ¿lo haces?
quiero hablar:
deseo.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Sucede cada dia




Mi nombre es Katy, tengo 12 años y tengo necesidad de contar, de explicar, así que arrancaré. Hoy hemos salido al parque, a pasear, mi mamá (su nombre es Patricia) y yo. Mi mamá iba preciosa, con un vestido rosa, muy veraniego, que estilizaba mucho su figura. Yo he salido como siempre, creo que muy veraniega también. Solemos ir al parque bastantes veces. Reímos, jugamos, nos dá un poco el aire, en fín, huimos un poco de esa cárcel agradable (no son términos contradictorios) que es nuestro hogar.

Yo tenía la esperanza de ver allí a Robin. Siempre vá también al parque con su padre, Fernando. La verdad es que pienso mucho en él, en Robin, cuando estoy en casa, a solas. Me siento muy bien al lado suyo. Siempre que nos hemos visto me ha invadido una sensación de calma y de alegría, extrañas en mí, la verdad. Existe entre ambos esa complicidad cercana a la amistad pero que se escapa de ésta al mismo tiempo. Tenemos la misma edad, 12 años, pero con todos no es como con Robin. Él es distinto. Creo que estoy enamorada.

Cuando nos vemos los cuatro, Robin y yo hablamos mientras paseamos y mamá y Fernando hacen lo mismo, delante de nosotros. Ellos se llevan muy bien, demasiado bien diría yo. Creo que mamá también está enamorada. Sus ojos cambian cuando habla con el padre de Robin, brillan, y sonríe todo el tiempo, extrañamente nerviosa. Mamá es muy calmada, tranquila, sosegada, muy distinta a mí, que soy un nervio (excepto cuando estoy con Robin). La verdad es que mamá y yo somos muy distintas, lo mismo ocurre con Robin y su padre. A Fernando, en cambio, se le vé con más seguridad cuando habla con mamá pero los ojos también le brillan y mucho. Es extraño pero creo que de éstas dos amistades, la mía con Robin y la de mamá con Fernando, va a salir algo muy grande, bonito.

Yo estoy empezando a impacientarme, la verdad. Robin y yo hablamos, reímos y jugamos mucho, pero ya es hora de que ocurra algo más, de que se decida.Ya hace bastante que nos conocemos. Cada vez pienso más en él y es desesperante porque luego, cuando lo veo, estoy esperando que me toque, que me bese. Pero eso nunca llega. Creo que Robin es muy tímido para esas cosas. Mamá en cambio creo que ha tenido ya algo más con Fernando, no lo sé a ciencia cierta, pero tengo esa intuición.

Esta tarde mamá me ha dicho que me llevará a ponerme guapa, con esas palabras. Me ha dicho: - Esta tarde iremos a cortarte el pelo, cariño, para que estés guapa, y después iremos al veterinario para que te haga una revisión a fondo.

No me gusta ir al veterinario pero mamá dice que es necesario, que tengo que ir cada tres meses. Espero que a Robin le guste mi nuevo corte de pelo. Quizás lo vea hoy en el veterinario, a él también lo lleva allí su padre.

viernes, 30 de enero de 2009

El desespero




Tomo conciencia. Mis oídos vuelven a funcionar. Huele raro. Abro los ojos. Dios mio!. Donde estoy?. La oscuridad absoluta en la que me encuentro agrava la soledad que siento. Estoy sólo, eso seguro. Se oye el viento que mueve las ramas, el suelo lleno de hojas que gritan al romperse con mis pies. Parece que me encuentro en el bosque, pero esta calor extrema no puede darse en el bosque. De repente tropiezo con algo duro y caigo al suelo. Se me ocurre encender la pantalla de mi teléfono móvil, desde el suelo, y entonces veo un tiesto enorme de plástico delante de mí. Debe ser con lo que tropecé, me digo. Al instante enfoco mi móvil arriba y entonces la veo, las veo, su olor se intensifica. Estoy rodeado de plantas, plantas de marihuana!. De repente unos focos se encienden y observo la inmensidad del lugar. Es un invernadero, sí, eso es. Debe de haber decenas de ellas, quizás centenares de ellas, todas más altas que cualquier ser humano. Intento recordar dónde estuve cuando debí caer en la inconsciencia del sueño, sin éxito. Comienzo a sentir miedo, quiero salir de aquí. Automáticamente busco una salida, alguna puerta. Miro alrededor y sólo veo matices verdes. Miro al horizonte. Mis pies se ponen en marcha hacia la pared del fondo. Busco una puerta, no la encuentro. Me pongo nervioso, muy nervioso. Bordeo el perímetro de aquel lugar sin parar de correr. Estoy salvado, veo una puerta. Empujo el tirador de ésta pero no cede. Está cerrada con llave, la puerta bloqueada. Me desespero. Comienza a llover, pero que digo, no puede ser lluvia. Levanto la mirada y veo los aspersores trabajar incansablemente, con fuerza, en el alto techo. Al poco quedo empapado, siento frío, busco refugio.

Las horas pasan y no encuentro una salida, menos mal que el riego cesó. Tengo hambre y frío, mucho frío. La oscuridad se cierne de nuevo, los focos se apagan lentamente. Decido gritar. Grito con todas mis fuerzas. Grito hasta que el llanto y las lágrimas aparecen, la ansiedad me domina. Me quedaré aquí para siempre. Pienso en Sophie, la dulce Sophie. Ojalá estuviera aquí. Ese pensamiento egoísta me da esperanza y me devuelve la cordura. De repente las luces se encienden, escucho ladridos y pasos cada vez más cercanos. - Dónde estais? - grito. Están muy cerca. Detrás de unas plantas aparece un tipo con gabardina negra y gafas de sol, el perro a sus pies. - No deberias estar aquí - me dice. Va a sacar algo de la gabardina. Dios mio! si es una pistola. Él levanta el arma, apunta sobre mí, se oye un estallido.

Dolor...
Oscuridad...
Frío...
Silencio...
Calma.

miércoles, 7 de enero de 2009

El muro


Me levanté temprano. Aún no teniendo nada que hacer, el despertador de la costumbre hizo bien su trabajo. Hacía ya nueve meses que la fábrica en la que trabajaba cerró sus puertas dando un varapalo tremendo a ciento cincuenta familias como la mía. Nos dejaron en la calle sin ningún tipo de indemnización, se declararon insolventes. Ahora era mi esposa Margie la que sustentaba la economía familiar. Como siempre antes de salir de casa me preparé la mochila con todo lo que iba a necesitar: una gorra, los prismáticos, la cámara de vídeo, la de fotos, el micro amplificado, algo de picar y un par de latas de coca-cola. Margie no llegaría a casa hasta la tarde, como de costumbre. Disponía de toda la mañana y del mediodía para mirar. Pasaría por el muro después de cumplir con mi obligación diaria de acudir a la oficina de desempleo para buscar trabajo. En realidad yo no quería trabajar, me horrorizaba la idea de dejar de observarla a diario, agazapado detrás del muro, disfrutando de un sinfín de posturitas, desfiles en ropa interior, gestos graciosos, bailes improvisados mientras limpiaba el suelo e incluso sexo con alguno de sus múltiples amantes; todo ello confiando en la “protección” visual que le proporcionaba el muro de hormigón que rodeaba la casa.
La descubrí por casualidad. Una mañana mientras paseaba a mi perro Scotty por el parque éste empezó a correr tras un gato y yo tras él. Corrimos bastante y al llegar junto a un pequeño embalse topé con un muro de hormigón. La curiosidad hizo que encontrara una rendija que permitía ver la gran casa. Entonces la vi tras el ventanal del salón. Era preciosa: rubia, pelo largo, ojos grandes, boca sensual y un cuerpo de ensueño. Tendría unos cuarenta años. Hasta entonces nunca había observado a alguien durante tanto tiempo sin que esta persona supiera que la miraban. No imaginaba lo interesante que podía llegar a ser observar la naturalidad de alguien, así que convertí este incidente en una rutina diaria. Llegué a saber a que hora se levantaba y cuantas veces sonaba el despertador antes de que lo hiciera, que desayunaba (cereales con moras y leche), que música le gustaba escuchar, que programas de televisión veía. Debía de ser soltera ya que, dejando al margen su eventual actividad sexual, siempre despertaba sola, aunque cabía la posibilidad de que su poco respetado marido se levantase más temprano. Llegué a enamorarme de ella y más tarde ese amor se había convertido en obsesión. Me excitaba mirarla, incluso un día, viéndola hacer el amor en el sofá con uno de sus amantes, llegué a masturbarme, allí, en medio del parque. Cuando terminé recogí mis cosas y me fui arrepentido a casa. Más tarde repetí, sin arrepentimientos.
Ésta vez tenía pensado grabarla con la cámara de vídeo, hacía un buen día, quizás saliera al jardín a leer o tomar el sol. No ocurrió nada de esto pero a la hora de comer sí ocurrió algo inesperado. Tenía visitas. Hicieron entrada en la casa dos chicos y tres chicas, todos ellos muy jóvenes, unos veinti-tantos años y bastante guapos, parecían modelos. Se notaba que tenían clase. La anfitriona preparó abundante comida y todos se sentaron a comer. Después de comer se sentaron en los sofás, fue entonces cuando comenzó a ponerse interesante el asunto. Los besos apasionados de unos con otros, incluso a veces con personas del mismo sexo, dieron paso a los tocamientos y más tarde al sexo más salvaje y desenfrenado. Era una auténtica orgía. Mis ojos no daban crédito, yo diría que ni parpadeaban. De repente todos pararon, sonó el timbre de la casa. Alguien venía a sumarse a la fiesta, otro chico quizás, ya que éstos eran minoría. Entonces la vi, atravesando el umbral de la puerta principal, era Margie. Muy arreglada, con ropas y un corte de pelo nunca vistos por mí, pero no cabía sombra de duda, era ella. Al poco de entrar, uno de los chicos se acercó a ella y, tras las presentaciones, la besó en la boca y le quitó la ropa. Margie no puso objeción y se sumó a la fiesta. Quedé perplejo. No pude soportarlo, salté el muro y entré en la casa con ánimo de matar a alguien, probablemente a mi mujer. Finalmente no lo hice sino que conocí a esas personas y ahora mi vida sexual es más interesante de lo que nunca hubiera imaginado.

jueves, 1 de enero de 2009

Si no está, déjalo ir (escrito por Belen Soñora)





El amor, todo aquello que sentimos sin querer, la distancia, su tormento, la esperanza, su razón de existir.


En las noches eternas, mis pensamientos, viajan contigo. Cada lágrima, un como estás, un te extraño, un te necesito... hago uso de la brisa, de su caricia, del pañuelo de la vida, seca mis lagrimas mudas, silenciosas, las mitiga, y cuando la adversidad me vence, abrazo entonces lo que tu sonrisa prometia.

Si estuvieras... pero no te tengo, así que contaré con lo que sí tengo, que es, mi vida!, y viviré....


Necesito una sacudida, algo que me arranque de este letargo, sin que desaparezca la sonrisa de mi rostro, no significa la ausencia de problemas, sinó la habilidad de vivir por encima de ellos, haré uso, beneficiándome de pensamientos que inspiran, no perdonaré, para no dar permiso, aprenderé a regalar mi ausencia, a quien no valora mi presencia, aprenderé a no sentirme fustrada, cuando alguien me pregunte porque tomé una decisión equivocada, porque no es bueno comprenderlo, es mejor, entenderlo de verdad, y créeme, yo, lo entiendo.


No muere un corazón cuando deja de latir, sinó por las veces que sus latidos no tienen sentido, lo encontraré, no me dejare morir, no me quedaré sentada mirando una escalera, peldaño a peldaño dejaré atras una ilusión para no vivir una fantasia, lograré alcanzar la cima, la llave maestra de un logro con fundamentos, vivir. Palpitaré, no por las veces que respiro, sinó por las veces que me quedaré sin aliento, intentándolo, no derribaran mi éspiritu, manteniendo mi posición, lo conseguiré.


Solo hay dos cosas que podemos perder, el tiempo y la vida, la segunda es inevitable, la primera es imperdonable.

Lo entiendes?...no me lo perdonaría.